¿Por qué las cebras no tienen úlcera o cómo gestionar el estrés?

En el año 2008 se publicó el libro “Por qué las cebras no tienen úlcera” de Robert Sapolsky, profesor de la Universidad de Stanford (California) y uno de los mayores estudiosos de los efectos del estrés. Sapolsky nos cuenta que  el estrés depende de la especie de la que seas. Para el 99% de las especies el “estrés” consiste en una especie de desafío físico – evitar un predador, ir tras una comida, vérselas con una temperatura extrema o con una escasez de alimentos. Este es un universal entre los animales y, asociadas a él, se ven las mismas respuestas (por ejemplo, la secreción de adrenalina) en mamíferos, peces, aves, reptiles … Pero cuando se llega a los socialmente sofisticados e inteligentes primates (incluyendo humanos), el estrés también puede consistir en problemas psicológicos. La respuesta al estrés ha evolucionado para responder a los desafíos físicos, no a los psicológicos, por lo que si se activa la respuesta al estrés crónicamente, debido a tensiones psicológicas, se termina enfermando.

En su famoso libro, Robert Sapolsky destaca que las cebras sólo padecen ESTRÉS cuando un león o predador les ataca pero sólo en ese momento; es decir, la respuesta de estrés con todo su componente fisiológica sólo aparece como respuesta adaptativa antes un estímulo amenazante para la propia vida. Una vez que el león se ha quedado atrás o cuando están tranquilamente paciendo en la sabana sin la presencia amenazante de ningún carnívoro, no manifiestan ninguna respuesta de estrés.

Cómo gestionar el estrés

Esto que aparentemente tiene su lógica y hasta parece normal, no funciona así en el caso de los humanos. Nosotros padecemos estrés no sólo cuando estamos ante la situación estimular concreta sino también cuando la anticipamos, imaginamos o tememos. La cebra sólo sale corriendo cuando el león aparece en la escena. Los humanos, sin embargo, nos agobiamos aún en ausencia del problema; el simple hecho de pensar que nos puede ocurrir algo, pensar que nos puede atacar un león, ya nos pone en alerta y genera una respuesta que no es del todo adaptativa. Es el viejo refrán castellano “Ponerse la venda antes de la herida“.  A veces nos alteramos anticipando una consecuencia negativa de algo que todavía no ha ocurrido lo cual nos provoca un estado inadaptado de funcionamiento. Es mucho mejor gestionar las situaciones de estrés cuando realmente se producen; emitir la correspondiente respuesta de afrontamiento, huida,… cuando el estímulo esté presente. No antes ni en ausencia de estímulo. Se puede tener preparado un repertorio de “qué hacer si…..” pero nada más. Anticipar algo que todavía no ha sucedido (ya sea positivo o negativo) trae malas consecuencias. Un ejemplo es el siguiente chiste:

A una persona en la autopista se le pincha una rueda del coche. Intenta cambiarla pero descubre que no tiene ‘gato’. A lo lejos ve una casa y decide acercarse para pedir que le presten un ‘gato’ y así poder cambiar la rueda. Pero por el camino va pensando “seguro que no me lo dejan” “seguro que no se creen que se me ha pinchado la rueda” “seguro que me dicen que ahora lo están usando ellos”…. Al cabo de un rato y tras rumiar ese tipo de pensamiento anticipatorio negativo llega a la puerta de la casa. Llama a la puerta y le dice a la buena señora que sale a atenderle: “sabe qué le digo… que se meta el gato por el……” 

¿Por qué somos tan necios que nos dejamos llevar por la amenaza de un león que no es real? ¿Por qué le damos más valor a nuestras percepciones que a la situación real? He ahí un modo irracional de gestionar el estrés y, en consecuencia, la forma contraria de realizar un enfrentamiento adecuado de las vicisitudes que nos aporta la vida diaria.

Sobre el autor

Jesus A. Lacoste

Psicólogo. Fundador y CEO de SoyDigital Network, empresa especializada en IT & VoIP Business Solutions. Vice-President of Inspiring Committed Leaders Foundation (New York). Profesor MBA en la Universidad Europea de Canarias. Online desde 1996. Todo lo que hago es porque creo sinceramente que puede aportar valor a la vida o los negocios de otros.

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