Historias inspiradoras: Ramón y Cajal, un mal estudiante que ganó el premio Nobel

D. Santiago nació en Petilla de Aragón (Navarra) el 1 de mayo de 1852. Vivió su infancia entre continuos cambios de residencia por distintas poblaciones aragonesas (de hecho él siempre se consideró «aragonés»), acompañando a su padre, que era médico cirujano. Tenía un carácter muy travieso y juguetón.

 

Ramón y Cajal en su laboratorio

¡Vaya niño!

Según me contó mi amigo Carlos Salas, la infancia de Ramón y Cajal no tiene desperdicio. El lector interesado puede profundizar en la propia obra de Ramón y Cajal «Mi infancia y Juventud«.

Desde muy niño sus travesuras eran constantes: le encantaba lanzar piedras a sus amigos, asaltar viñas, robar melocotones, y por supuesto, romper cristales y farolas. El padre, con un carácter más recto, le daba soberbias palizas, pero el chico no se enderezaba. Además le encantaba pintar y dibujar. Embadurnaba tapias  con la misma facilidad que pintaba cualquier pared, fachada o puerta. El padre repudiaba esta manía. Y en casa, en lugar de estudiar, el chico se la pasaba haciendo garabatos y pintando.

Los padres pensaron que a lo mejor era la vocación del chico y consultaron con un conocido, que era especialista en restaurar obras de arte. Le enseñaron las obras del chico, figuras humanas, y el experto respondió: “¡Vaya mamarracho!”. ¿De veras no tiene aptitudes para el arte?, preguntaron los padres. “Ninguna”, respondió el otro. “Es un pintamonas”. El chico estaba presente y volvió a su casa aplanado.

Fue entonces cuando el padre tomó la decisión de que el chico estudiara medicina cuando fuera mayor.

Pero en la escuela, el chico resultó ser muy mediocre. Se escapaba, no iba a clase y a veces, pasaba varios días en el monte sin aparecer ni por la escuela ni por su casa. El padre, que era un hombre antiguo y atrasado en la educación, le daba continuas palizas.

En la escuela, el chaval hacía caricaturas y la pasaba a los compañeros, que se reían a gusto. Pero a los maestros no les gustaban nada estas caricaturas, y como era un pueblo con una escuela muy atrasada, encerraban al niño en el cuarto oscuro para intimidarle. “¿Y sabes lo que hacía?”: “Se ponía a pintar, usando la habitación como una cámara oscura pues entraban hilos de luz y formaban figuras al revés en el techo”

El padre al fin le trasladó a una escuela mejor cuando entró en bachillerato. Seguía con la convicción de que su hijo estudiase Medicina, pero éste discutía diciendo que eso sería perder tiempo y dinero, porque sólo le gustaba pintar, fueran grafitis, o en cuadernos, pero solo pintar. El padre intentó disuadirle refiriéndole la cantidad de artistas que habían fracasado. Era más práctico estudiar idiomas y aprender medicina, que ser artista.

El caso es que lo llevó a un colegio religioso para que hiciera el bachillerato pero advirtió a los curas de que su hijo era “corto”. Así lo dijo. “No le exijan lecciones al pie de la letra porque es corto”. El padre añadió que el chico tenía problemas de expresión y no sabía explicarse muy bien.

El chico fue abochornado en público delante de sus compañeros, castigado y humillado. La única forma que tenía el chico de evadirse de aquel rebajamiento era pintar y dibujar. Se convirtió en un chaval huraño, pues su otra afición era dar paseos y excursiones en solitario.

Por más que lo intentaban, los curas no eran capaces de meter la gramática en la cabeza del chico y los idiomas se le daban fatal. Como  era un internado y el chico no mejoraba, los profesores decidieron castigarle con la pena del ayuno (los correazos no servían). Pero el chico reaccionó con violencia: hablar y enredar en clase, a tramar burlas, a desafiar a los profesores.

Le encerraban en una especie de celda, y el chico aprendía la forma de violar la cerradura. La llevaban a otra celda, y se escapaba por la ventana, escalando por la pared.

En vacaciones, cuando regresó a su pueblo, el chico no mejoró. Se dedicó al boxeo con los amigos, y un día, en su tiempo libre, fabricó un cañón de madera, lo reforzó con alambre y hojalata, y lo ensayó contra la puerta de un cercado. El estampido dejó un enorme boquete en la puerta. Por supuesto, el labriego dueño de la puerta, lo denunció a la Guardia Civil, y el chico acabó en la cárcel. Tenía once años. Y pasó las noches acompañado de pulgas, chinches y piojos. El padre no movió un dedo. “Pero el chico no mejoró”, porque…. al salir, se dedicó a las armas de fuego: le encantaban la pólvora, las escopetas y los fusiles.

Los padres le cambiaron de colegio pero al ver que no tenía aptitudes, dijeron que volviera al pueblo, y que se pusiese a trabajar. Le metieron en una peluquería y luego en una zapatería. Pero en sus tiempos libres, se emborrachaba e iba de juerga, y se enfrentaba a la policía. Le tenían fichado.

Como le seguía gustando la pintura logró matricularse en una academia, donde sí destacaba. El profesor reconoció que era el discípulo más brillante que había pasado por la academia.

De padre médico, hijo médico

Pero los designios de su padre eran inviolables. Al terminar el bachillerato, se dedicó a la Medicina. El chico se sumió en una profunda decepción. Nunca sobresalió en la carrera. Pero finalmente en 1873 tras licenciarse en medicina, a los 21 años, fue llamado a filas.

Los primeros meses en la milicia transcurrieron en Zaragoza, y al poco tiempo sacó una oposición para el Cuerpo de Sanidad Militar. Es destinado como ‘médico segundo’ (teniente) al regimiento de Burgos, acuartelado en Lérida. En 1874 Santiago marcha destinado a Cuba con el grado de capitán, ya que el paso a Ultramar conllevaba el ascenso al empleo militar inmediato. Su padre le había conseguido, para que consiguiera un destino más favorable, algunas cartas de recomendación, pero él rehusó utilizarlas, lo que causó que le enviaran al peor destino posible: la enfermería de Vistahermosa, en el centro de la provincia de Camagüey, una de las más peligrosas de la isla.

Las experiencias con el sistema administrativo y militar vividas por Ramón y Cajal en esta estancia ultramarina fueron para él tan amargas como las enfermedades allí contraídas. Experiencias amargas que le llevaron a solicitar la licencia para abandonar Cuba, atendida el 30 de mayo de 1875, tras ser diagnosticado de «caquexia palúdica grave» y declarado «inutilizado en campaña». El regreso a España y los cuidados que le prodigaron su madre y sus hermanas devolvieron progresivamente a Santiago Ramón y Cajal la salud.

Y por fin nace el gran investigador

El año 1875 marcó también el inicio de su doctorado y de su vocación científica. Se doctoró en junio de 1877, a la edad de 25 años. Ganó la cátedra de anatomía descriptiva de la Facultad de Medicina de Valencia en 1883.

En 1887 se trasladó a Barcelona para ocupar la cátedra de histología creada en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. Fue en 1888, definido por el propio Ramón y Cajal como su «año cumbre», cuando descubrió los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas de la materia gris del sistema nervioso cerebroespinal.

Su teoría fue aceptada en 1889 en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en Berlín. Su esquema estructural del sistema nervioso como un aglomerado de unidades independientes y definidas pasó a conocerse con el nombre de «doctrina de la neurona», y en ella destaca la ley de la polarización dinámica, modelo capaz de explicar la transmisión unidireccional del impulso nervioso.

Su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Reglas y consejos para la investigación biológica. Los tónicos de la voluntad  es de lectura obligada para todo investigador de cualquier rama de la ciencia. Resulta ser el más literario de sus libros científicos, pero también la más científica de sus obras literarias.

En 1892 ocupó la cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de Madrid. Logró que el gobierno creara en 1902 un moderno Laboratorio de Investigaciones Biológicas, en el que trabajó hasta 1922, momento en el que pasa a prolongar su labor en el Instituto Cajal, en donde mantendría su labor científica hasta su muerte.

Entre 1897 y 1904 publicó, en forma de fascículos, su obra magna Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados.

Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro.

Premio Nobel

Además de numerosos premios, medallas y reconocimientos nacionales e internacionales, su trabajo y su aportación a la neurociencia se verían reconocidos, finalmente, en 1906, con la concesión del Premio Nobel en Fisiología o Medicina, galardón que compartió con el médico italiano Camillo Golgi.

Según la wikipedia en la medianoche del 6 de octubre de 1906Santiago Ramón y Cajal recibió un telegrama desde Suecia. Se le comunicaba que había recibido el Nobel de Medicina ex aequo con Camilo Golgi. Pero su reacción no fue otra que comentar: «Esto es una broma de los estudiantes«. Y siguió durmiendo. Solo se convenció de que era verdad cuando, al día siguiente, leyó el diario.

Si deseas conocer una biografía de la parte científica e investigadora de D. Santiago, te sugiero la serie de RTVE.

Sobre el autor

Jesus A. Lacoste

Psicólogo. Coach Ejecutivo. Fundador y CEO de SoyDigital Network, empresa especializada en IT & VoIP Business Solutions. Vice-President of Inspiring Committed Leaders Foundation (New York). Profesor MBA en la Universidad Europea de Canarias. Online desde 1996. Todo lo que hago es porque creo sinceramente que puede aportar valor a la vida o los negocios de otros.

16 Comentarios

  1. José

    Historias inspiradoras: Ramón y Cajal, un mal estudiante que ganó el premio Nobel http://t.co/jyxqOLUL vía @JALacoste

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