Elegía por la muerte de una amiga

En Radazul, su casa y la mía, se me ha muerto como del rayo Colette, a quien tanto yo quería

No soy Miguel Hernández ni se me ha muerto Ramón Sijé, pero aprovecho su maravillosa elegía para evocar la pena que siento por la pérdida de una amiga: mi perra Colette. Una golden retriever de tan solo cuatro años de edad que rebosaba alegría y dulzura por cada pelo de su piel. Algo inesperado y, de momento desconocido, se la llevó de repente; sin previo aviso ni anuncio. El lunes saltaba y sonreía como de costumbre y el miércoles nos decía adiós entre sollozos y lentos gemidos. No sabía leer el lenguaje de Cervantes pero sí la expresión de mi cara. Respondía con atención a cada gesto o insinuación que le hacía. Siempre estaba atenta y pendiente de mis movimientos. Me olía nada más llegar y, siempre contenta, me recibía derrochando alegría. No hablaba pero su mirada lo decía todo con palabras claras y concisas. Era cariñosa, amable, dulce, tierna, sincera,…

 Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

El miércoles 4 de enero recibía una llamada inesperada a las 9 de la mañana: desde mi casa me avisaban que Colette estaba tendida en en suelo y no respondía a los estímulos. Yo estaba preparando la maleta de regreso de las vacaciones navideñas. Nada más aterrizar en Tenerife fuimos a visitarla a la clínica donde estaba ingresada. Ella respiraba con dificultad. Me reconoció y apenas pudo lanzar un tenue gemido como diciendo ‘amo, mi amo, me muero‘. No sabía qué hacer. La tocaba, le hablaba…. mientras la veterinaria nos relataba el conjunto de pruebas y analíticas que le habían realizado. Todo era correcto y en los límites de la normalidad sin embargo…. Colette languidecía con aparente desesperación. Se despidió de nosotros, su familia, y pocas horas después se fue para siempre.

 A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañera del alma, compañera.

Elegía por la muerte de una amiga

Ahora el patio de casa está vacío, nadie me llama desde el otro lado de la ventana, nadie me reclama ni me pide juego. Tu vida, Colette, está con nosotros pero tú ya no correteas por las escaleras. En tu cuarto nadie duerme y la puerta de entrada ya no recibe tu saltos pidiendo paso. Vive una nueva vida donde estés ahora que siempre estarás en nuestro corazón. Siempre ocuparás un lugar en nuestra retina y en el patío de nuestra casa siempre estarás tú, mirándonos a través de la ventana sentada en la escalera, siempre Colette, siempre.

Sobre el autor

Jesus A. Lacoste

Psicólogo. Coach Ejecutivo. Fundador y CEO de SoyDigital Network, empresa especializada Digital Business Solutions. Vice-President of Inspiring Committed Leaders Foundation (New York). Profesor MBA en la Universidad Europea de Canarias. Online desde 1996. Todo lo que hago es porque creo sinceramente que puede aportar valor a la vida o los negocios de otros.

5 Comentarios

  1. Alberto Santana

    Siento mucho lo que ha pasado. Durante toda mi vida he vivido rodeado de perros y se que es muy duro pasar la muerte de uno. Se muy bien como te sientes. Ánimo!!!

    Responder
  2. Chema Ramon.

    Como lo sentimos Jesus.

    Danka nuestro Pastor de Brie, con ya 14 años , se esta acercando cada dia mas a ese momento , ya van dos dias que tenemos que medicarle para que pueda alzarse en pie y dia a dia vemos como cada vez le cuesta mas , aunque no pierde la alegria , pero los dos sabemos , en esas miradas que solos tus mejores amigos saben darte , cual va a ser el final, y al menos a mi me cuesta mucho , mucho hacerme a la idea…Solo me consuela llos momentos de Felicidad que nos ha regalado durante estos años.

    Recibe un Fuerte Abrazo para toda la familia , desde las Montañas.

    Chema.

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  3. luisa

    La casa, sin ti

    Para «Argos»

    06.02.2013 | 02:21

    La casa, sin ti

    Aurelio G. Ovies Escritor Catorce años juntos, de noche a mañana. Qué días brillantes vistos desde ahora. Fue todo muy rápido, más de lo esperado. Llegó la vejez e invadió tu cuerpo. Se metió en tus huesos, contagió tus órganos, robó el equilibrio de tus blandas patas. Fue todo muy pronto, más de lo previsto. Todos los rincones quedaron desiertos. Quedaron muy solas todas las estancias. Dejaste el vacío que deja un humano, lo mismo que un ser de los que nos quieren, como una persona de las que se aman.

    Es todo distinto, así de repente. Nada se parece a lo que eras tú. Te echaron de menos hasta las persianas, y la luz del día sobre el limonero y la mesa vieja del mosaico azul y tu olivo amigo, que mira a la calle y el tiesto de barro sobre el que meabas. Te querían las puertas y los azulejos y la estantería y el lomo del libro que tanto mordiste y la voz del timbre y el sabor del pan y el lápiz de goma y el nudo de hilos y la colchoneta en la que soñabas. Todo es diferente, aunque sea lo mismo. Llenabas el mundo con tus rizos negros, con tus cejas blancas encendías la casa.

    Te añoran los brezos, las sillas y el toldo. Todo te requiere, fuera, en la terraza. Te evocan los brotes que caen del camelio y las hojas secas que tira la adelfa. Y la regadera y el sanjuán de abajo. Y algún abejorro que vuela hasta al polen joven del narciso. Y el jazmín que cuelga junto a la ventana. Y las escaleras que subiste a diario. Y el color del cielo, al caer la tarde. Y el rumor del mundo, en torno a la noche. Y la intimidad que inflaman las lámparas. Dejaste una herida grande, muy profunda, como la que se abre al perder las cosas que más significan, una época bella, una compañía fiel y generosa, la sinceridad de una mirada.

    Ceniza. No hay más. Ese lapso inane entre todo y nada. Ese vano previo a la incertidumbre de lo más certero. Volveremos juntos, si es que regresamos a nuestros orígenes, a corretear por la primavera, a lanzarte un palo, a jugar con lascas. Catorce años juntos. ¡Qué fugacidad! Quedaron muy tristes tu hueso y tu erizo, tu nombre y tus trapos, todos tus muñecos, todas tus costumbres. Lloró la jirafa.

    Responder
    • Jesus A. Lacoste

      Completamente de acuerdo! El cariño y lealtad de un perro está infravalorado. Algún día volveré a tener otro Golden Retriever 😉

      Responder

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